GUERRA DE SUCESIÓN ESPAÑOLA (1702 - 1714)
SITIO DE BARCELONA (julio de 1713 - septiembre de 1714)
Conquista de la capital catalana tras catorce meses de asedio.
El mito de la cuestión catalana
La Guerra de Sucesión suscitó muchos mitos, especialmente sobre el conflicto en Cataluña. En aquel tiempo, era fácil caer en la imagen maniquea de leales y rebeldes. Para los realistas, partidarios de Felipe V, cualquiera que apoyase a los aliados y al archiduque Carlos era un rebelde. Es significativo que los duques de Berwick y de Orleans, dos de los principales generales de Felipe V, criticasen con dureza los intentos realistas de calificar la oposición como "rebelión".
Tanto en Castilla como en Aragón, así como en el resto de la península, casi toda la élite y la gente apoyaban el bando que conocían, y que daba la casualidad que era el bando del rey Felipe V. Pero también deseaban adaptarse a las realidades políticas, especialmente aquellas que tomaban la irresistible forma de un ejército de ocupación.
La guerra actuaba como una presión exterior que agravaba la división que había entre los españoles. Esto fue la causa de muchos conflictos civiles. Grupos y familias apoyaban un bando porque sus enemigos apoyaban al otro. Al amparo de la guerra, individuos y comunidades eliminaban a sus rivales; pueblos hacían la guerra contra pueblos rivales. Las élites en los ayuntamientos quedaban escindidas. Conflictos sociales, del tipo de los ocurridos en Valencia, ocurrieron en toda la Península.
Todas estas circunstancias podían encontrase en Cataluña, donde el movimiento rebelde de 1705 provocó una autentica guerra civil. "Todo el Principado en armas se enfureció contra sí mismo." El 24 de septiembre de 1701 el rey Felipe V había entrado en Lérida y juró observar las leyes de Cataluña. El 30 de septiembre entró en Barcelona, donde permaneció seis meses y en cuya catedral juró las constituciones de Cataluña el 2 de octubre, recibiendo a cambio el homenaje de los tres estamentos. El 12 de octubre presidió la apertura de las Cortes de Cataluña, que clausuró en persona el 2 de enero de 1702. El 9 de abril abanbonó España desde el puerto de Barcelona con una flota de guerra rumbo a la campaña de Italia. El 20 de diciembre desembarcó de nuevo en Barcelona entre aclamaciones y vítores, pasó tres días de celebraciones en la ciudad y el 24 pasó las navidades en Monserrat.
La estancia del rey Felipe V en Barcelona entre 1701 y 1702 fue bien recordada por los catalanes, y las concesiones que las Cortes lograron del rey fueron "las más favorables que avía conseguido la provincia." Entre 1703 y 1704 el rey Felipe V no agravió las aspiraciones ni fueros catalanes, y el 30 de mayo de 1704 la ciudad de Barcelona fue bombardeada por mar por la flota anglo-holandesa del almirante Rooke, cuando el frente terrestre estaba en Portugal.
El 22 de agosto de 1705 una flota aliada fondeó en aguas de Barcelona, desembarcando tropas en tierra y poniendo cerco a la ciudad. El 13 de septiembre por la noche una fuerza de 1.000 hombres escaló por sorpresa los muros de Montjuic. En el combate murió el príncipe Jorge de Darmstadt, pero la guarnición española se rindió. Los aliados fortificaron la ciudadela y la utilizaron para bombardear la ciudad, que el 9 de octubre capituló ante el archiduque Carlos.
La enérgica resistencia de Barcelona a los ataques aliados demuestra que los catalanes no estaban bajo ningún concepto a favor de la rebelión. Aún así, existía una semilla de descontento, como lo demuestra el motín antiborbónico que se produjo en las calles de Barcelona a resultas de cual el impopular virrey de Cataluña, Francisco de Velasco, se vió obligado a embarcar apresuradamente en un navío inglés para escapar con vida.
Debido a los buenos recuerdos de la visita real de 1701 y 1702, la explicación a este descontento debe encontrarse en la dureza de ciertos gobernantes y en el arraigado sentimiento antifrancés existente en el Principado originado por las seculares guerras hispano-francesas libradas en territorio catalan, especialmente duras en el reciente reinado de Carlos II y aún en la memoria de los catalanes.
En Barcelona aún se recordaba con amargura el sangriento y salvaje bombardeo marítimo que los franceses lanzaron contra la ciudad en 1697, cuando el duque de Vendome dirigió el asedio: 2.500 casas fueron destruidas y para Barcelona fue el peor desastre del siglo. Muchos barceloneses prefirieron dejar la ciudad a vivir bajo el dominio francés. Por ello, en 1705, muchos catalanes rehusaban aceptar una nueva dinastía francesa y se unieron al partido del archiduque Carlos. Esta etapa tomó un cariz de guerra civil catalana, más que un rechazo expreso del régimen borbónico.
Este rechazo a lo francés también se puso de manifiesto a finales de diciembre de 1705 en Zaragoza y Valencia, donde la simple presencia de tropas regimentales francesas provocaron altercados populares, al margen del apoyo que dichas tropas daban al rey que meses antes el mismo pueblo había vitoreado. Con todo y con eso, cuando el archiduque Carlos entró en la vencida ciudad de Barcelona en octubre de 1705, muchos catalanes huyeron del territorio, manifestándose algo que se oculta: que el pretendiente en ningún momento tuvo un apoyo unánime o ni siquiera mayoritario en Cataluña. Sin embargo, la existencia de una fuerte presión por parte de un grupo rebelde, la superioridad militar aliada y su presencia naval en Barcelona indujo a muchas ciudades catalanas a inclinarse por la causa del archiduque "por la amenaza de las armas". Tal fue el caso de Tarragona, bombardeada desde el mar por buques aliadas y atacada por tierra por tropas del coronel Nebot.
En todas las ciudades y pueblos había grupos partidarios de Felipe V y otros partidarios del archiduque Carlos. En general, la clase alta favorecía el régimen existente, el de Felipe V: tal fue el caso de Barcelona, Tortosa y Reus. Pero no se decidieron a hacer nada hasta que los acontecimientos militares no les forzaron a ello. La imagen romántica de un levantamiento nacional contra Castilla no tiene en realidad ningún fundamento.
En general, el pueblo catalán destestaba por igual que las tropas de ambos bandos ocuparan sus pueblos, por cuanto "I>"anaven continuament corrent lo Principat, menjant i benet, saquejant i cremant.". Y como apuntaba un verso de aquellos días en Valencia: "Entre Felipe Quinto // y Carlos Tercero // Nos quedamos desnudos // Y sin dinero."
Una lucha dentro de Espanya
Los grupos que favorecían la continuidad de la guerra porque contaban con el apoyo firme de de Inglaterra y Austria podían argumentar con razón la evidencia de que Castilla y Aragón estaban sujetas a un régimen que había cambiado sus leyes y empujado a sus nobles al presidio o al exilio. Cataluña quedó inundada de panfletos que representaban una imagen de "la nación atropellada, tantas ciudades, villas y poblaciones como tienen los reynos de Castilla, Aragón y Valencia, donde no hay arbitrio de vivir que no sea a costa de ser tiranía ..."
Siete años después de la revocación de los fueros de valencia, muchos de la élite veían claramente que Cataluña se encontraba ante la pérdida de sus constituciones históricas. Cuando todas las posibilidades de un acuerdo con Felipe V se desvanecieron, la ideología catalana también cambió. No era significativamente antiespañola, y no podía serlo porque muchos de los refugiados en Barcelona eran castellanos, aragoneses y valencianos opuestos al régimen borbónico.
En las últimas fases de la defensa de Barcelona, las autoridades hicieron un llamamiento al pueblo para que luchara "per son honor, per la pàtria i per la llibertat de tota Espanya". La "pàtria" se veía como una entidad integrada en el contexto de "Espanya". Los catalanes rebeldes luchaban por una España Libre, no por su independencia de España. Pero al mismo tiempo luchaban por sus propias leyes.
El asedio de Barcelona
La mayor parte de Cataluña se había recuperado hacía tiempo: Lérida en 1707 y 1711, sin que se tocasen los privilegios de la ciudad; Tortosa en 1708; Gerona en 1711 por el duque de Noailles, quien confirmó expresamente los privilegios de la ciudad. Tan solo quedaba la cuestión de Barcelona. En junio de 1713 las Corts se reunieron en el salón Sant Jordi del palacio de la Diputación. En una primera votación ganó la opción de someterse y rendirse. En una segunda votación ganó la opción de la lucha, y el 9 de julio se declaraba la guerra a Felipe V.
En julio de 1713 el duque de Popoli, al frente de las tropas borbónicas del rey Felipe V, inició el asedio de Barcelona. En sus filas se encontraba el teniente general Próspero de Verboom, Ingeniero General y Cuartel Maestre del ejército. Verboom aconsejó que se recurriese a las operaciones lentas y seguras de un sitio regular, pero el presuntuoso duque de Popoli desdeñó su opinión e inició una serie de violentos asaltos que no hicieron más que sobreexcitar el ardor de los defensores. Once meses de bloqueo y algunos días de bombardeo no pudieron reducir a Barcelona. Los barcos mallorquines abastecían la plaza y sus habitantes veían sin inmutarse sus casas derrumbarse bajo las bombas. Un convento de capuchinos, que habían fortificado los defensores a 250 metros de los glasis, resistió un ataque de varios dias.
Por fin, en julio de 1714 un ejército francés al mando del duque de Berwick se presentó ante Barcelona a reforzar las tropas del duque de Pópoli, recibiendo el mando de éste. Las fuerzas de los sitiadores españoles y franceses sumaban 35.000 soldados de infantería y 5.000 de caballería. Los defensores sumaban 16.000 soldados y sus ciudadanos, al mando de Villarroel. El duque de Berwick ofreció una rendición, que fue rechazada por los defensores. En septiembre su situación era desesperada. El 4 de septiembre el conseller en cap, Rafael Casanova, visitó al duque de Berwick al frente de una delegación pero se negó a hablar sobre la rendición. Villarroel dimitió, pues no le veía ningún sentido a la resistencia. Los barceloneses nombraron a la Virgen de la Merced como su nueva capitana.
El 11 de septiembre tuvo lugar el último combate, muy sangriento y con muchas pérdidas de vidas humanas. Poco despues del mediodía del 12 de septiembre la ciudad se rindió. Esa misma tarde las tropas borbónicas comenzaron a entrar en la ciudad.
Se estiman en 6.000 las bajas de los defensores y en 10.000 las bajas de los atacantes. Enfadado por la inutilidad de tantas muertes, se negó a recibir y despidió con sequedad dos días más tarde (13 de septiembre) a una delegación que había ido a verle. El 16 de septiembre ordenó la supresión del ayuntamiento (el Consell de Cent) y el gobierno del Principado (la Diputació).